lunes, 30 de diciembre de 2013

La Segunda Guerra Mundial


La serie completa 

La desocupación y la recesión caracterizaron la década del 30 del siglo XX. Los problemas de las economías occidentales, que repercutían con dureza en el resto del mundo, se complicaron con las apetencias de las potencias "disconformes" con el equilibrio de la primera posguerra; representado, sobre todo, en el Tratado de Versalles. Adolf Hitler, conductor del Reich, proclamó la superioridad de la raza alemana, al tiempo que Italia y Japón emprendían sendas aventuras imperialistas. La Unión Soviética, bajo la mano de hierro de Iósif Stalin, al tiempo que a través de la sucesión de planes quinquenales se convertía en una potencia industrial, tomaba el imperialismo ruso como principio motor de la geopolítica soviética -abandonando la "revolución permanente"-. Cuando Hitler y Stalin decidieron la desaparición de Polonia, la humanidad entera se inscribió, entonces, en el más diabólico capítulo de su historia. Durante seis años el mundo entero se conmovió. Cuando el infierno terminó, el equilibrio mundial había cambiado por completo y la paz fue imponiendo sus filosas reglas de juego. Pero la experiencia de la "era de las catástrofes" -con la amenaza, ahora más real que nunca, de destrucción de la humanidad completa- impuso los condicionamientos de los conflictos inteimperialistas que rigen la geopolítica mundial hasta hoy en día. Durante 10 episodios repasamos las causas y el desarrollo del conflicto, a lo que sumaremos hoy un breve resumen de las consecuencias de la guerra más desastrosa de la historia de la humanidad.  













Las consecuencias y la posguerra

El número de muertos, según las cifras más aceptadas, llegó a 50 millones de seres humanos. A esta pavorosa cifra hay que sumar las perturbaciones de los prisioneros, las secuelas de los campos de concentración, la desorganización -cuando no desintegración- de las familias y los grupos de pertenencia locales, el hambre y el esfuerzo de re-adaptación de los soldados a la vida civil. Desaparecieron ciudades, vías férreas, carreteras, puentes, plantas industriales y viviendas, así como se afectaron los campos, cursos de agua y bosques.


Los avances políticos de las fuerzas aliadas -que hacia el final de la guerra se decantaron en sendos alineamientos detrás de las superpotencias triunfadoras-, el ventajeo político de cada país en la liberación respectiva, las decisiones de Yalta -en la que el presidente estadounidense Franking D. Roosevelt y el líder soviético Iósif Stalin se repartieron literalmente el mundo-, y los adelantos científicos y tecnológicos de la guerra -sobre todo en el poder destructivo de los arsenales de guerra-, esbozaron los colores del planisferio cuando llegó la paz.

Por de pronto, era fácil advertir el cambio sobrevenido en el peso económico y político de los países centrales. Si era obvio que Alemania y Japón habían quedado arrasados, también era inocultable la difícil situación de Francia, Italia y Gran Bretaña. Estas cinco naciones eran potencias de primer orden antes de 1939; y ahora pasaban definitivamente a un segundo nivel hasta el punto en convertirse -no sin reservas- en aliados -y protegidos- de Estados Unidos. En contrapartida, era fácil percibir el avance de los Estados Unidos como primer superpotencia mundial, al igual que el ascenso de la Unión Soviética como la alternativa de poder geopolítico. Los efectos de esta nueva situación se verían con mucha claridad muy pronto en los años posteriores.


Austria y Checoslovaquia recuperaron su autonomía. La frontera germano-polaca siguió la línea del Oder-Niesse; en consecuencia, Alemania perdió Prusia Oriental y los demás territorios al este de esa línea. La expulsión de los alemanes provocó la migración forzada de entre 12 y 14 millones de nacionales alemanes (Reichsdeutsche) y alemanes étnicos (Volksdeutsche); alrededor de 3 millones de muertos por las venganzas y la represión -sobre todo de los nuevos ejércitos rojos de las naciones que quedaron bajo la égida de Stalin- y la confiscación de sus bienes y propiedades.

Los aliados de Alemania -Bulgaria, Hungría, Rumania y Finlandia- firmaron tratados de paz con los Aliados, imponiéndoles las condiciones dictadas por los soviéticos que ocuparon esos países. Peor suerte corrieron los nacionalistas ucranianos y de las naciones bálticas, el régimen soviético les hizo pagar carísimo el haberse aliando a los nazis durante la guerra. Italia perdió para siempre su imperio colonial; el Trieste fue entregado a una comisión internacional y la Venecia Julia pasó a manos de Yugoslavia. Allí el mariscal Josip Broz Tito si bien reprimió a los croatas aliados de los nazis -los temibles Ustaše- erigió una nación donde las nacionalidades convivirían en paz bajo un régimen comunista que supo mantenerse independiente de Moscú. Japón perdió todas sus conquistas, China recuperó la isla de Formosa, y la Unión Soviética ocupó Sajalín. Estados Unidos, por su parte, ocupó casi todas las islas y atolones del Pacífico, y estableció bases militares en territorio japonés. En tanto, estadounidenses y soviéticos se repartieron la península de Corea en sendas mitades.

Sólo los analistas más agudos podían predecir la fuerza arrolladora que en poco tiempo adquirirían los movimientos de descolonización. Planteado por Roosevelt como un impedimento moral, el colonialismo encontró defensores en sus aliados -Winston Churchill y Charles De Gaulle-. Pero el fin de la guerra aceleró las tendencias anticolonialistas. A veces, se trataba de los mismos movimientos de la pre-guerra que, como en la India, veían ahora la oportunidad histórica: la decadencia -económica, geopolítica y sobre todo moral- de las metrópolis hacía más pareja la relación de fuerzas para negociar o luchar por la independencia. En otros casos, como el de las posesiones holandesas y británicas en el sudeste asiático, al desprestigio de los europeos vencidos por Japón se unió a la derrota de la nueva metrópoli tras la guerra. En poco más de cinco años, la India -dividida en India y Pakistán por las diferencias religiosas-, Indonesia, Filipinas y el Estado de Israel darían testimonio de una tendencia incontenible.


Estos sacudimientos tendrían lugar en un marco de características singulares que tuvo como escenario el mundo entero en mayor o menor medida. Nos referimos al desarrollo tecnológico y científico impulsado por la guerra, que ahora derramaría -y así lo publicitaban muchos- sus beneficios sobre toda la humanidad con sus aplicaciones para la paz. Desde la energía atómica hasta la computación electrónica, desde as sulfamidas hasta el desarrollo de la navegación -por mar y por aire-; los inventos y descubrimientos multiplicados por las exigencias bélicas ahora demostraban su potencial de conford, seguridad y salud para la vida humana. Con toda naturalidad se deslizaban los ingenieros desplegados para matar o defenderse sobre los campos pacíficos. Tal vez dos ejemplos notorios sean el desarrollo del radar, hoy en día es difícil imaginar la navegación por aire y por agua sin él; y los motores a reacción, que posibilitarían la aeronavegación masiva años más tarde. 

Por último debemos hablar de la creación de los sistemas mundiales o regionales de seguridad y cooperación que, a modo de radares políticos, comenzaron a operar en la preservación de la paz, no siempre con éxito, pero al menos con la esperanza depositada de centenares de millones de seres humanos de que no se repitiera otra confrontación global. La ONU -y después la OEA en el continente americano- pretendieron aprovechar la experiencia de los organismos de la época de entre guerras -la Sociedad de Naciones y la Unión Panamericana- para salvar los errores y afinar su eficacia. O, al menos, para actuar como foros donde las naciones pudieran hacer oír sus reclamos. Estos organismos, con los colaterales que se fueron creando (OMS, FAO, FMI, Unesco, Acnur, etc) fueron instalando una suerte de "conciencia internacional" que, si bien no erradicó los abusos de las grandes potencias ni detuvo los conflictos focalizados, sirvió para establecer un mínimo marco de convivencia internacional más o menos estable hasta los 90.

La paz también cambió las mentalidades. Uno de los rasgos más sobresalientes en ese sentido de la posguerra es el enorme prestigio adquirido por Estados Unidos, sus forma de vida, cultura y técnicas se convirtieron casi en un ideal universal. Si la Unión Soviética había sido la gran vencedora en Europa al izar la bandera roja de la hoz y el martillo en la fachada de la Cancillería del Reich en lo que quedaba de Berlín -estableciendo a lo largo de su frontera occidental un "colchón de seguridad" compuesto por países sovietizados por regímenes títeres manejados desde Moscú-, en el resto de Europa y en Asia fue Estados Unidos el que impuso no sólo la fuerza de su poderío bélico y económico, sino todo un modo de vida. Países de antigua identidad como Italia, Francia y Gran Bretaña se vieron seducidos por la presencia de miles de jóvenes americanos que, paralelamente a la liberación, traían las música del jazz, la informalidad en el vestir y el hablar, las maravillas de sus elementos técnicos personales, y un estilo de vida fresco y saludable que contrataba con la derrota física y anímica de los pueblos derrotados por el nazifascismo. Todo esto y la simpleza de sus esquemas políticos -puertas adentro, una república federal con un sistema bipartidista entre una fuerza más conservadora y otra más liberal que no distinguían división de clases; y hacia afuera una política de amigo-enemigo directa- fascinaron a europeos y asiáticos. Los japoneses, por ejemplo, bajo el "virreinato" de Douglas MacArthur  se hicieron muy receptivos a la "norteamiricanización" de sus modos de vida. Este proceso se complementó con el cine, la industria cultural estadounidense no sólo salió intacta de la guerra, sino que había sido vigorizada por el propio gobierno norteamericano durante el conflicto con fines propagandísticos, que iniciaría una "época dorada" en la que el American Way of Life se convertiría en un ideal casi universal.  

Sin dudas Estados Unidos era la potencia triunfadora. Sus dirigentes y su pueblo estaban absolutamente convencidos de haber salvado al mundo del horror del nazismo a través de una auténtica cruzada. Mucho más que en la época de Wodroow Wilson, creían a pie juntillas que su país era el modelo a seguir por el nuevo orden mundial. Sentían el peso y la responsabilidad de su triunfo, sabían que, además de los sacrificios impuestos por la contienda, ahora debían ayudar a los pueblos liberados por ellos a salir del marasmo y recomponer así un mundo de paz, abundancia y respeto recíproco. Pero, apenas terminado el fragor de la batalla, muchos de los dirigentes norteamericanos más reaccionarios tenían un amargo sabor de boca y advertían que aún era idílica la idea de la paz para siempre, sostenían que la cruzada apenas había concluido en su primera etapa, que había que liberar al mundo entero ahora de su ex aliado por conveniencia: el comunismo. 


"Un telón de acero"

Fue Churchill, descargado ya del peso de ser primer ministro, quien dijo las palabras que muchos sintieron como propias. En la Universidad de Fulton, el veterano dirigente anunció en marzo de 1946: "Una sombra a descendido sobre el escenario que hasta hace poco había sido iluminado por la victoria aliada (...) Desde Stettim en el Báltico hasta Triste en el Adriático, un telón de acero ha descendido a través del continente. Tras esa línea yacen todas las capitales de las antiguas naciones de la Europa Central y Oriental". Churchill, a menos de un año del triunfo aliado, denunciaba ahora "la influencia soviética" y las "crecientes medidas de control desde Moscú", así como a "los quintacolumnistas comunistas que se han establecido, y que trabajan con absoluta unidad y total obediencia a las órdenes dirigidas desde el centro comunista, en muchos países del mundo libre".        


Y resumía su pensamiento así: "No creo que la Rusia soviética desee la guerra; lo que ellos desean son los frutos de sus doctrinas". Efectivamente, Moscú no deseaba la guerra ni podía hacerlo. Había sido tan enorme la sangría provocada por su enfrentamiento con Alemania y tan devastadora la destrucción que fue su consecuencia que ni el más delirante dirigente del Kremlin podía acariciar una idea semejante. Es posible que que parte de ese "telón de acero" que desplegó la Unión Soviética haya respondido a la magnitud de su debilidad -que los volvió expertos del "blofeo" en política internacional-. De todos modos, la nueva guerra, la Guerra Fría ya era una realidad. Terminaban así los ecos de la gloriosa Gran Alianza anti fascista y empezaban los aterradores sonidos del sordo enfrentamiento de las superpotencias.    


La escena final, los juicios de Nüremberg y Tokio

Aunque la legitimidad de los juicios estuvo en entredicho desde el primer momento -al no existir precedentes similares en toda la historia del enjuiciamiento universal-, los trabajos realizados para la tipificación de los delitos -también hasta entonces insólitos en su magnitud- y los procedimientos para el desarrollo de la causa servirían en adelante para la constitución de la justicia internacional. De este modo, se concretaron conceptos sobre delitos anteriormente ausentes o vagamente definidos, como el de crimen contra la humanidad, evocado en la Convención de La Haya de 1907. También resultó modificado el enfoque tradicional de las reglas del derecho internacional que se centraban en las relaciones entre Estados, pero no en los derechos y deberes de las personas. Desde entonces, los delitos cometidos por individuos de una nación a lo largo y ancho de varios países podrían ser juzgados internacionalmente por el conjunto de los países afectados, como fue precisamente en la formación del Tribunal de Núremberg.

Imagen de la bancada de acusados en el Proceso principal de Nüremberg. Delante, de izquierda a derecha: Hermann Goering, Rudolf Hess, Joachim von Ribbentrop, Wilhelm Keitel. Detrás, de izquierda a derecha: Karl Doenitz, Erich Raeder, Baldur von Schirach y Fritz Sauckel.

Los procesos de Nüremberg fueron un conjunto de procesos jurisdiccionales emprendidos por iniciativa de las naciones aliadas vencedoras al final de la Segunda Guerra Mundial, en los que se determinaron y sancionaron las responsabilidades de dirigentes, funcionarios y colaboradores del régimen nacionalsocialista de Adolf Hitler en los diferentes crímenes y abusos contra la Humanidad cometidos en nombre del III Reich alemán a partir del 1 de septiembre de 1939 hasta la caída del régimen alemán en mayo de 1945.

Desarrollados en la ciudad alemana de Nüremberg entre el 20 de noviembre de 1945 al 1 de octubre de 1946, el proceso que obtuvo mayor repercusión en la opinión pública mundial fue el conocido como Juicio principal de Nüremberg, dirigido a partir del 20 de noviembre de 1945 por el Tribunal Militar Internacional (TMI) (cuyo sustento era la Carta de Londres), en contra de 24 de los principales dirigentes supervivientes del gobierno nazi capturados, y de varias de sus principales organizaciones.

El 1 de octubre de 1946 se conocieron las condenas: fueron sentenciados a muerte Martin Bormann (sucesor de Hess como secretario del Partido Nazi, en ausencia), Hans Frank (gobernador General de la Polonia ocupada); Wilhelm Frick (ministro del Interior, autorizó las Leyes Raciales de Nüremberg), Hermann Göring (comandante de la Luftwaffe y presidente del Reichstag), Alfred Jodl (jefe de Operaciones de la Wehrmacht), Ernst Kaltenbrunner (jefe de la RSHA y de los einsatzgruppen), Wilhelm Keitel (comandante de la Wehrmacht), Joachim von Ribbentrop (ministro de Relaciones Exteriores), Alfred Rosenberg (ideólogo del racismo y ministro de los Territorios Ocupados), Fritz Sauckel (director del programa de trabajo esclavo), Arthur Seyß-Inquart (líder del Anschluss y gobernador de los Países Bajos ocupados) y Julius Streicher (jefe del periódico antisemita Der Stürmer); fueron condenados a cadena perpetua Walter Funk (ministro de Economía); Rudolf Hess (ayudante de Hitler) y Erich Raeder (comandante en jefe de la Kriegsmarine); recibieron condenas de 20 años Albert Speer (arquitecto y ministro de Armamento) y Baldur von Schirach (líder de las Juventudes Hitlerianas); a Konstantin von Neurath (ministro de Relaciones Exteriores y "Protector" de Bohemia y Moravia) lo condenaron por 15 años y a Karl Dönitz (sucesor designado de Hitler y comandante de la Kriegsmarine) 10; en tanto que Hans Fritzsche (ayudante de Joseph Goebbels en el ministerio de Propaganda), Franz von Papen (ministro y vicecanciller) y Hjalmar Schacht (ex presidente del Reichsbank) fueron absueltos; y el empresario Gustav Krupp (que usufructuó del trabajo esclavo) y Robert Ley (jefe del Cuerpo Alemán del Trabajo) no reciebieron condena. 

El 16 de octubre de 1946 se llevaron a cabo las ejecuciones sentenciadas por ahorcamiento. Otros doce procesos posteriores fueron conducidos por el Tribunal Militar de los Estados Unidos, entre los cuales se encuentran los llamados Juicio de los doctores y Juicio de los jueces.

El Tribunal Penal Militar Internacional para el Lejano Oriente fue el órgano jurisdiccional ante el que se desarrollaron los Juicios o Procesos de Tokio. Durante mucho tiempo fue polémica la exclusión del Tribunal del Emperador Hirohito, siendo que fue la cabeza visible del imperio en toda su expresión, y otorgó con su consentimiento tácito o efectivo, de legalidad en los crímenes cometidos por sus conciudadanos. 

El presidente del Tribunal Penal Militar Internacional para el Lejano Orientey miembro de la Corte Suprema de Australia William Webb durante una sesión en 1946.

De los acusados originalmente, murieron de causa natural durante el juicio el ex canciller Yōsuke Matsuoka y el almirante Osami Nagano. Okawa Shumei sufrió un colapso nervioso durante el juicio y no fue inculpado. A diferencia de los Juicios de Nuremberg, el TIPLE no absolvió a ninguno de los acusados. 

Hideki Tōjō (Primer Ministro), Kenji Doihara (comandante del Servicio Aéreo del Ejército), Kōki Hirota (ministro de Relaciones Exteriores), Seishirō Itagaki (ministro de Guerra), Heitarō Kimura (Comandante Fza. Exped. de Burma), Iwane Matsui (comandante Fza. Exped. de Shanghái) y Akira Mutō (comandante Fza. Exped. de las Filipinas) fueron condenados a muerte. Sadao Araki (ministro de Guerra), Kingorō Hashimoto (instigador de la Segunda Guerra Sino-Japonesa Prisión), Shunroku Hata (ministro de Guerra), Kiichirō Hiranuma (Primer Ministro), Naoki Hoshino (secretario jefe del Gabinete), Okinori Kaya (ministro de finanzas), Kōichi Kido (Lord Guardián del Sello Privado Imperial), Kuniaki Koiso (gobernador de Corea y Primer Ministro), Jirō Minami (comandante del Ejército de Kwantung), Takasumi Oka (ministro de la Marina), Hiroshi Ōshima (embajador en la Alemania Nazi), Kenryō Satō (jefe de la Oficina de Asuntos Militares), Shigetarō Shimada (ministro de la Marina), Toshio Shiratori (embajador en Italia), Teiichi Suzuki (presidente de la Oficina de Planificación del Gabinete) y Yoshijirō Umezu (ministro de Guerra) recibieron prisión perpetua. A Shigenori Tōgō (embajador en Alemania, Unión Soviética, y directivo de Relaciones Exteriores (le dieron una condena a 20 años), y a Mamoru Shigemitsu (ministro de Relaciones Exteriores) una de 7 años.

Las condenas a muertes fueron ejecutadas por ahorcamiento en la Prisión Sugamo en Ikebukuro, el 23 de diciembre de 1948. En 1950 es indultado Shigemitsu Mamoru, quien se convertiría nuevamente el año 1954 en ministro de Relaciones Exteriores. En 1955 se perdonó a los que se encontraban cumpliendo sentencia, los cuales salieron el libertad aquel año, salvo Koiso, Shiratori, y Umezu que murieron de causa natural en la prisión. Varios de los condenados en este proceso se encuentran enterrados en el Santuario Yasukuni, en Tokio.





© carlitosber.blogspot.com.ar, Diciembre 30 MMXIII
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